Conferencia «Apuntes sobre recuerdos y proyectos»

18 septiembre 2026

Conferencia dictada por el Dr. Luis Chiozza el 18 de septiembre de 2026 en la sede de la Fundación Luis Chiozza.

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Conferencia: “Apuntes sobre recuerdos y proyectos”
Autor: Dr. Luis Chiozza
18 de septiembre de 2026

Bueno, voy a comenzar hablando de ideas sueltas. “Sueltas” quiere decir que se presentan solas. Pero, claro, en la medida en que uno se vincula con ellas, empiezan a darse cuenta de que influyen unas sobre otras. Bajo el nombre de “recuerdos y proyectos” se puede reunir un conjunto de temas, de relaciones entre las cosas, y son temas que nos ayudan a pensar.
En primer lugar, soy, o somos, gracias a que recordamos y proyectamos. Una de las primeras cosas que conmueve es que la literatura vuelve a menudo sobre un personaje que, careciendo de todo recuerdo acerca del pasado, vive torturado porque ignora quién es; el protagonista del film “La supremacía Bourne”, por ejemplo. En otras palabras, nuestra identidad se construye apoyándose en un conjunto de recuerdos. Y, por lo tanto, reprimir o distorsionar el contenido de los recuerdos equivale a transformar la imagen que uno tiene acerca de sí mismo. No solemos tener consciente que la falta de recuerdos que nos permiten saber quién somos, nos conduce a carecer de los motivos que nos permiten emprender una acción, de un modo que se manifiesten como una indiferencia patológica hacia cualquier propósito.
Entonces, volvamos sobre que somos, gracias a que recordamos y proyectamos. Los recuerdos y los proyectos dan significado al presente. El alma es el “lugar” -lugar entre comillas, porque el alma no es ningún lugar-, el alma es el lugar de lo que fue y de lo que tal vez será.
También es interesante comprender que los recuerdos y los proyectos son compartidos; bien, mal, a duras penas, a veces. Y yo creo que estas son cuestiones importantes que es necesario tener presente porque, de alguna manera, como dije antes, se empiezan a combinar entre sí y empiezan a darnos ciertos sentidos.
El libro Intimidad, sexo y dinero llevaba como subtítulo un subtítulo un poco dramático, ¿no?: ¿Alguien sabe quién soy? Bueno, esto estaba unido a la idea de que me gustaría que supieran decirme, no sólo quién soy, sino también lo que tengo que hacer para lograr lo que quiero; pero estoy convencido de que otros solo lo saben en parte, porque no están en mí. Y esto es una cuestión también importante, ¿no? que cada hombre, cada ser vivo -no solamente cada hombre, cada ser vivo-, es absolutamente original y distinto a todos los demás. Obviamente que tenemos factores comunes, pero una cosa fundamental es que somos todos originales, en el sentido de que somos combinatorias que, en fin, en parte se repiten, pero tienen partes que no se repiten.
Entonces, vuelvo sobre la idea de que recuerdo, como “recuerdos y proyectos”, con ese nombre, un conjunto de temas, de relaciones entre las cosas que me ayudan a pensar.
Como ustedes comprenderán, habría muchas cosas que decir, pero son tantas, que son demasiadas. Entonces, en lugar de dedicarme a hablar de todo lo que está en este libro, me pareció mejor elegir a algunos pocos temas y después que empecemos a conversar, que es el modo en que nos podemos enriquecer mutuamente.
Empecemos por decir que, tal como señala la física cuántica -y también en la literatura, por ejemplo, Pirandello, en un famoso ensayo que se llama “Uno, ninguno y cien mil”, y también como surgen los conceptos psicoanalíticos de la transferencia y la contratransferencia inconscientes-, carece de sentido sostener que algo puede existir si no se manifiesta en una relación. En otras palabras, muy sencillo: sólo se puede ser, siendo con otros. Es decir que, para ser, necesito una relación. Esto no sólo lo afirma la literatura y la física cuántica, sino que también surge de los conocimientos psicoanalíticos.
Y en ese presente continuo, que se dice que está fuera de tiempo, en el que transcurre lo inconsciente, el famoso presente atemporal, lo que ha pasado nunca ha dejado de ocurrir. Y lo por venir ocurre en un ser siendo que ya está comenzando, como me acaba de decir Gustavo, o comenzó, y seguirá siendo sin cesar.
Casi el total de lo que ocurre -esta es otra afirmación distinta, pero relacionada-, casi el total de lo que ocurre es inconsciente para mí.
Otra cuestión importante… como ustedes ven, estoy hablando de temas que, aparentemente, son todos distintos, no se relacionan entre sí, y, sin embargo, en el conjunto de estos temas se va generando un sentimiento. Nos hablamos en un idioma que ha nacido habitando una misma comarca. Pero la vida, que solo la conocemos en el planeta Tierra, mancomuna nuestra existencia en una que es oriunda del oxígeno y que nuestros casi desconocidos antepasados -pero que sabemos que existieron- eran anaeróbicos y, podemos decir, supieron conseguir y difundir. El oxígeno es un producto de la vida en la tierra, no es cierto que la vida es un producto del oxígeno. Bueno, no sólo somos juntos, montados en el ejercicio de una lengua. Además de la lengua, existe un riquísimo lenguaje que, mucho más que mental, es sentimental. Nos vincula de manera indisoluble y las razones del corazón que la razón ignora, como decía Pascal, nos conducen hacia arriesgar la vida sin dudarlo un instante para rescatar a un perrito que se ahoga. El lenguaje siempre será sin duda, mucho más que una lengua. En otras palabras, una fuente común -con esto vuelvo sobre Freud-, inconsciente, es el lugar en donde el lenguaje es un órgano natural, y, al mismo tiempo, el órgano natural se arraiga en una subsistencia semántica -voy a decir enseguida lo que es una subsistencia semántica-, que lo trasciende al convertirlo en un lenguaje. Tal vez por eso se ha dicho que el organismo es una descripción analógica del ADN y que el ADN es una versión digital del organismo.
En el mundo que habitamos hay materia y hay idea, son tan distintas entre sí que sólo un genio como Freud pudo olfatear que constituyen dos laderas de una misma montaña. Así logró atesorar la captación de un perfume, cuyas trazas iluminaron un camino que pasó desapercibido a sus discípulos y que sólo se le reveló al mismo Freud, en toda su magnitud, de soslayo, dos meses antes de morir. Recién entonces, en 1938, volvió sobre una genial intuición que formuló en 1895, cuando, en el historial de Isabel de R., sostuvo que -palabras de Freud- “puede ser incorrecto decir que en la histeria se crea esa simbolización mediante sensaciones. Quizás no haya tomado al uso lingüístico como arquetipo,” -la histeria- “sino que se alimenta con él de una fuente común. De allí surge con claridad que resulta abusivo decir que la inteligencia de lo anímico deriva del funcionamiento de los órganos”. Bien categóricamente, la inteligencia preexiste y precede al órgano. No es el órgano que genera la inteligencia, es la inteligencia que genera el órgano. Es más adecuado afirmar que la inteligencia de lo anímico se manifiesta en la existencia de los órganos y en su funcionamiento. Insisto, la inteligencia precede al órgano. A pesar de que Freud, al final de su vida, y luego de rechazar enfáticamente al dualismo cartesiano, sostuvo que el psicoanálisis surgía como una psicosomatología, a partir de lo que consideró sus dos hipótesis fundamentales, es posible pensar, tal como lo desarrollamos en otros lugares, que la primera hipótesis no es más que un prolegómeno de la segunda, la verdadera y única hipótesis fundamental del psicoanálisis, cuya formulación más lograda fue realizada por Viktor von Weizsäcker, quien percibe en la obra de Freud una psicosomatología fecunda. Insisto, Weizsäcker no lo cita Freud, y sé que, si no lo cita, es porque él formuló esto antes de leerlo a Freud. Lo que formuló Weizsäcker es mucho más claro que lo que formula Freud. Weizsäcker lo describe diciendo: “De hecho, se había superado con ello” -es decir, se refiere a la psicosomatología- “el paralelismo contenido en las series de los fenómenos psíquicos y somáticos, en la medida en que retornaba una identidad que subyacía tras las paralelas, dado que el conflicto anímico no es otra cosa que la enfermedad del cuerpo, como tal. Se puede observar” -continúa diciendo Weizsäcker- “cómo esta concepción de la identidad” -la identidad de lo psíquico y lo somático- “obtiene aquí de antemano la victoria sobre la causalidad recíproca, dado que solamente el modo de contemplación” -el modo de contemplación- “separa dos series que, en su esencia, se basan en una identidad”.
Bien, vayamos a otra idea. Vuelvo sobre lo que prometí esclarecer de la subsistencia semántica. Una palabra no subsiste por la mera duración de la tinta que la perpetúa en un diccionario. Depende de la existencia y la voluntad de un hablante y de una ocasión que la genera en cada pronunciamiento individual. También los órganos y los organismos poseen una continuidad semántica. Un ojo o una mano, presenta también en los zarcillos que produce la vid -los zarcillos de la vid son como las manos de la vid, porque la vid se aferra con los zarcillos-, subsisten semánticamente, subsisten por su función. Recordemos que Freud afirma que, tanto la histeria, como lenguaje, extraen tal vez sus materiales de una misma fuente inconsciente -lo que acabo de leer-. La secuencia intencional, el sentido que denominamos “historia”, no sólo vinculan al pseudopodio de la ameba con la mano que apresa, sino también con la capacidad que posee el hombre para exteriorizar herramientas -¿Herramientas como cuáles? Como el avión, como la rueda, o también como la bandera, porque la bandera también es una herramienta-, sin comprometer de manera irreversible la estructura orgánica de su cuerpo físico. Gran parte de esta capacidad generativa, que es al mismo tiempo instrumental y simbólica, exige un compromiso somático que no siempre es reversible, que llega muchas veces a configurar un trastorno, o sea, que es el origen de lo llamamos “enfermedad”.
Todo lo que existe, copos de nieve, helechos, ríos, montañas, nubes, costas, rinocerontes, hongos y bacterias, se encuentra constituido por partes más pequeñas, que se denominan “fractales” -de fractus, “fracturado”- y que se repiten unas dentro de otras en diferentes dimensiones. ¿No es extraordinario que todo lo que existe esté constituido de esta manera? No sólo la longitud de un perímetro depende de la minuciosidad con la cual se lo recorre. O sea, el perímetro de la costa de Inglaterra no es una magnitud fija. Si lo recorro en automóvil es distinto que si lo recorro en bicicleta; y si lo recorre en hormiga, el perímetro crece enormemente, porque la hormiga hace todas las vueltitas, mientras que la bicicleta hace menos y el auto, menos todavía. Pero entonces la cuestión se torna especialmente inquietante cuando reparamos en que las clásicas dimensiones geométricas, dentro de las cuales vivimos orientados -punto, línea, superficie, volumen- no impiden concebir que haya, entre ellas, estados intermedios, como algo que es más que superficie sin llegar a ser volumen. Estas cosas no se nos ocurren. Pero llegamos por vía del intelecto a comprender que son limitaciones que pueden ser trascendidas.
Bueno, otra idea interesante, sobre la cual alguna vez hemos vuelto, es la idea de que lo que percibimos no sólo depende de lo que las cosas son, también depende de nuestro aparato perceptor. Por ejemplo, si tiramos al mar una red -la red de un pescador- y medimos la distancia que hay entre sus mallas, o sea cuál es el diámetro de los agujeros de la red, no necesitamos tirar la red al mar para saber que nuestro hallazgo va a ser que en el mar no hay seres más pequeños que los de cinco centímetros. Porque cuando traigamos la red no habrá ninguno más pequeño que los cinco centímetros, porque pasa por los agujeros de la red. O sea, ¿por qué decimos esto? Porque muchas veces es imprescindible comprender que lo que obtenemos de la realidad no es lo que la realidad es, sino lo que nuestros aparatos perceptores son capaces de percibir.
Bueno, y entonces empezamos a acumular un conjunto de hallazgos y conocimientos muy dispersos, muy diferentes entre sí. Me parece que no viene al caso a hablar de tantas cosas distintas al mismo tiempo, pero que después nos damos cuenta de que se combinan entre sí para darnos otras ideas.
Empecemos por hablar de algunas de estas cuestiones. Por ejemplo, en las relaciones que establecemos, diríamos, por ejemplo, los seres humanos entre sí -pero no sólo los seres humanos-, hay determinados núcleos que adquieren importancia porque se consideran vínculos que se transforman rápidamente en privilegiados. Son los famosos “influencers”; o también, si los queremos ver desde el punto de vista más físico, los hubs, es decir, esos lugares por los cuales pasa la mayoría de las relaciones. Por ejemplo, hay personajes que están tan relacionados, que basta entrar en relación con uno de ellos para tener relación con muchísima más gente. Esto es lo que se llama, justamente, un influencer. La regla de que nadie está separado del resto de la población humana por más de seis personas, entre las cuales se ha relacionado con alguna de ellas en un contacto muy próximo, es sorprendente y es absolutamente confirmable. Es decir, entre los siete millones de habitantes del planeta, de seres humanos, no hay nadie que esté separado de otro ser humano por más de seis personas que haya conocido personalmente. Esto, a primera vista, parece insostenible, pero basta hacer el más mínimo ensayo para comprender que es realmente así.
Después está la ley del 80/20 -que fue subrayada por un autor italiano que se llamó Pareto-, de acuerdo con la cual el 80% de los sucesos que se elige mencionar ocurre dentro del 20% de las personas que han tenido acceso al suceso registrado. Por ejemplo, el 80% de los reclamos por un producto en un comercio está hecho por el 20% de los usuarios. Otro, aparentemente muy diferente, el 80% de las arvejas está en el 20% de las vainas. Otro, muy diferente, el 20% de los italianos son propietarios del 80% del terreno de Italia. Y esto es impresionante, pero se da en montones de cosas distintas.
Otra cuestión, bastante conocida, a los núcleos que establecen vínculos, atraen vínculos en proporción creciente. O sea, la popularidad vuelve popular, cada vez más popular.
Otra cuestión muy importante, toda red tiene un talón de Aquiles.
Otra cuestión, el poder que da la fama y el prestigio, incurre con frecuencia en la distorsión de los valores, dado que depende de factores inconscientes.
Otra, las noticias que señalan tragedias, aunque sean erróneas, se difunden seis veces más que las beneficiosas.
Otra, la consciencia de que existe un despertar de la red, una influencia con consecuencias, ha conducido a procurar descentralizar las noticias que se difunden a través de internet. O sea, que las noticias de la red producen consecuencias.
Otra, en el mapa que localiza distintos aspectos de la vida, influye un conjunto de recuerdos, genera una situación, circunstancias, conscientes e inconscientes, que condicionan la conducta, que son muchas veces impredecibles.
Otra, la economía de la red se difunde de una manera fractal, que es independiente de las decisiones humanas conscientemente asumidas.
Y otra -y una de las más conmovedoras-, la red dentro de la cual vivimos es una tela sin araña, ¿Qué quiere decir esto? Es fácil de entender si dijéramos: “¿Quién es el dueño de internet?”. Nadie. Internet es una tela sin araña, se hace sola.
Bien, pasemos a otra. Ustedes dirán, son todas ideas sueltas. Sí, sí, lo dije al principio principio, son ideas sueltas, pero producen, al vincularse con ellas, una especie de influencia de unas sobre otras, que lleva a pensar. Las máquinas, minerales, vegetales, animales y humanas -¿qué es una máquina, si no un procedimiento dirigido hacia un fin?- funcionan desde hace milenios, interrelacionadas entre sí por fenómenos como la fotosíntesis. Es decir, no podemos menos que percibir una finalidad en el funcionamiento orgánico, por ejemplo. Comprendemos que la función del riñón, ese ovillo de vasos que aumenta la superficie, es una cuestión hecha a propósito del filtrado, es un “para qué”. Bueno, entonces digamos que la fotosíntesis es la unión entre dos especies con una finalidad particular, en donde se benefician mutuamente. Una de ellas, entre las máquinas, el hombre -que también es una máquina-, creó tales máquinas que creyó que tales máquinas eran sustancias existentes esenciales. Por ejemplo, pensó en la digital o en la morfina como sustancias que existían porque sí. Pero resulta que, cuando se empezó a ver sus efectos, se empezó a comprender cómo funcionaban muy interrelacionadas entre distintas especies. Y que eran sus sustancias intercambiables -¿Qué quiere decir “intercambiables”? Sencillamente, usamos lo que produce una planta como la atropa belladona, la atropina, la usamos como un medicamento para los seres humanos. Es como si fueran piezas intercambiables entre distintas máquinas-, que la inteligencia con la que funcionaba en el mundo podía caber entera en algunas de sus pequeñas partes. Solo alguna vez cruzó velozmente en la mente del hombre que ese saber es conocerlo todo, y que “todo” nunca puede caber en alguna de sus partes; de manera que es imposible tener una apreciación completa del conjunto.
Bueno, otra idea. Sabemos que cada lector es coautor de lo que lee. Es más, el mismo lector lee un libro dos veces y no lee el mismo libro. En nuestra relación con lo que existe, aceptamos fácilmente que no hay materia sin forma, pero cuesta admitir, en cambio, que no hay forma sin materia. Y, sin embargo, cuando los pensamientos flotan en el aire, para decirlo con una metáfora, es porque siempre hay quienes los sostienen, aunque sea desde un cuadrante que logra permanecer oculto.
Otra cosa muy interesante, caos -que es el desorden-, Gea -que es la tierra- y Eros parecen ser cosas muy diferentes, pero, según lo estudió Jung, son los representantes de los arquetipos padre, madre y amor. Y funcionan indisolublemente vinculados en un campo que un autor como Sheldrake llamó “morfogenético”, porque es un campo en donde se generan formas, dentro del cual cada vida se diseña permanentemente a sí misma en un tiempo que es cambio y en un espacio que es distancia.
Y esto es otra cuestión muy importante, que la vida se diseña a sí misma. Con la misma fórmula bioquímica de la de la mosca de la fruta, un ribosoma -el de la mosca de la fruta- genera el cuerpo de la mosca de la fruta y, con la misma bioquímica, otro ribosoma -que es el del gorila-, genera un gorila.
Bueno, una película, “El planeta prohibido”, nos introduce en el tema misterioso de la prohibición del incesto. Esta es una cuestión realmente interesante. ¿Quién no diría que Freud se ha ocupado muchísimo del tema del incesto? Y, sin embargo, ha escrito que, cuando creía poder elegir entre motivos sociológicos, biológicos y psicológicos para explicar la fobia al incesto, se ve obligado a suscribir la resignada confesión de Frazer: “Ignoramos el origen de la fobia al incesto y no sabemos siquiera en qué dirección debemos buscarlo. Ninguna de las soluciones propuestas hasta ahora nos parece satisfactoria”. Bueno, pero la contribución más interesante de esa película que mencioné surge desde otro cuadrante, Moebius, el protagonista del relato, cuyo nombre remite a esa famosa cinta de un solo borde y una sola cara -la continuidad de la cinta de Moebius-, él, en esa película, a través de un engendro que también materializa lo que inconscientemente deseamos, nos introduce en el dilema que surge cuando se materializan los sueños que nuestra consciencia reprime, en un intento muchas veces vano de volver a inhibirlos. Y esto es realmente lo conmovedor de este film. Es decir, la tragedia es que nosotros albergamos proyectos reprimidos y la máquina esta, inventada… no habla de una máquina inventada, en realidad, habla de que muchas veces en nuestra vida esos proyectos reprimidos que nos resistimos a aceptar, igual los materializamos. Dicho de otra manera, estamos logrando propósitos reprimidos que no asumimos.
Bueno, voy a decir una sola más, porque no quiero… Lewis Thomas se pregunta si, cuando camina por el bosque, es él quien ha sacado respirar a su mitocondrias -mitocondrias son unas pequeñas partículas vivas que están adentro de las células, más pequeñas… en un óvulo de una mujer, por ejemplo, hay cien mil, son como si fueran células masticadas- si él saca a respirar a sus mitocodrias o son las mitocodrias que los sacan al respirar a él? Koestler sostiene que cada partícula de un ser viviente, como el dios Jano, se subordina hacia otra superior y coordina otra inferior. Esto nos lleva a pensar, ¿soy, como se dice, dueño de mí? ¿Soy el propietario de quien soy o disfruto de cosas que me sobrevivirán? El sentimiento de que, en última instancia, puedo hacerlo o no hacer esto o aquello es irrenunciable. Y sin embargo, solemos ingresar en el equívoco de negarlo, aduciendo que solo somos víctimas. Una actitud en la que, lamentablemente, el consenso continuamente nos avala.
Bueno, a pesar de lo que dije, voy a decir una más. Tarde o temprano se nos impone una conclusión que muchas veces logramos reprimir: la vida de uno mismo es demasiado poco como para que logremos saludablemente dedicarle nuestra vida. Recordemos a Porchia, nadie está hecho de sí mismo. Es muy cierto esto que dice, y pesa mucho. Y, sin embargo, su peso no alcanza para influir en la consciencia el enunciado de la frase anterior: “la vida de uno mismo es demasiado poco como para dedicarle la vida”. Veinte años pasaron entre la escritura de ¿Por qué enfermamos? y Las cosas de la vida, y fueron el trayecto requerido para recorrer la distancia entre las cosas que suceden y la importancia que se distribuye entre ellas de manera desigual.
Bueno, y acá cabe recordar a Churchill: “Quien, para evitar la humillación, evite la guerra, tendrá la humillación y la guerra”. Obviamente, la guerra a la que aquí me estoy refiriendo, no se realiza con los habituales emprendimientos militares. Incluye, en cambio, los sufrimientos polimorfos que surgen de rechazarlo inevitable. Esa es la verdadera guerra, el empecinamiento en rechazar lo inevitable.
Bueno, me detengo acá para que conversemos y les pido disculpas por haber traído esto en forma de ideas sueltas, pero estoy convencido de que, a pesar de todo, terminan por combinarse.

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