DISCURSO INAUGURAL DEL CICLO LECTIVO 2020 DE LA ESCUELA DE PSICOANÁLISIS

16 abril 2020

El Dr. Gustavo Chiozza dirigió unas palabras en ocasión de la apertura de del ciclo lectivo de la Escuela de Psicoanálisis.

Kant nos recuerda que las cosas son siempre diferentes de lo que somos capaces de percibir y comprender. A la hora de filosofar sobre el genuino ser de las cosas vale tener esto presente, pero para llevar adelante nuestra vida cotidiana, para actuar ¿de qué nos sirve imaginar algo que está fuera de nuestro alcance? De hecho, nuestro conocimiento de la realidad, la inmensa mayoría de las veces, se demuestra suficiente y eficaz para lidiar con ella. Así, de a poco, no solo olvidamos que las cosas son siempre más complejas, sino que, además, nos vamos convenciendo de que la realidad es algo que podemos conocer y dominar.

Arrojamos una moneda al aire esperando saber si saldrá cara o ceca. Cada tanto sucede que la moneda rueda por el piso, desaparece por la alcantarilla y nos quedamos sin cara, sin ceca y sin moneda. Reconocemos que lo que sucedió estaba en el universo de sucesos posibles; pero lo cierto es que no habíamos contado con esa posibilidad. Nos justificamos diciendo que esa posibilidad es tan remota que sería una pérdida de tiempo incluirla en los cálculos. Simplificamos las cosas; nos despedimos diciendo «hasta mañana» y omitimos decir «quizás»; «si Dios quiere».

En ocasiones como las que atravesamos en estos extraños días, caemos en la cuenta, de que nos habíamos estado moviendo en una realidad compleja, con la errónea idea de que era más simple. Y cuando digo caemos, me refiero a una caída de verdad; como se suele decir, con golpe y con porrazo. Tantas cosas que pensábamos que iban a suceder, tantas cosas que habíamos planeado hacer… Todos esos planes y preparativos se fueron al tacho. En efecto, sentimos que la realidad, como si de una persona se tratara, nos ha dado una bofetada en la cara; una trompada en la nariz.

Y seguramente para la mayoría de nosotros, esa bofetada es lo más real que hemos sentido en mucho tiempo. Hoy lo real parece más real que nunca y, en cambio, lo que antes nos parecía tan real se deshace como las imágenes de un sueño al despertar. Como el sujeto que un día descubre que sus padres no son todo lo poderosos que él creía que eran (ni tan buenos, ni tan malos), venimos a descubrir que el mundo no es como un tren que, inexorable, avanza recto sobre rieles de acero, sino apenas una débil carreta que, dando tumbos y a los saltos, se desliza por un terreno virgen con destino incierto.

Las «instituciones» que gobiernan el mundo en que vivimos (el propio Gobierno, la Justicia, la Economía, Estados Unidos, Europa, China, etc.) se nos revelan como lo que siempre fueron: Un conjunto de personas haciendo lo que pueden en circunstancias más complejas de lo que suponen. A veces con buenas intenciones, otras con malas, pero la mayor parte del tiempo guiados por motivaciones que ni ellos mismos conocen del todo. Afectos inconcientes, como solemos decir nosotros.

Saber «realmente» lo que está pasando resulta fácil o difícil según cuán lejos queramos llevar esa indagación. Resulta fácil porque lo que está pasando nos está pasando a nosotros; de modo que basta con saber mirar y sobre todo, pensar. Si queremos saber lo que está más allá de nuestra posibilidad de ver, en cambio, resulta muy difícil. ¿Realmente están muriendo más personas que antes? ¿Es una pandemia o una gripe estacional? Los muertos contabilizados, ¿son por Coronavirus o solo con Coronavirus. Si el virus es el mismo ¿por qué en unos países mueren más y en otros menos? Los datos son confusos; dependemos de los números y hay números para todos los gustos. Es difícil saber cómo se obtuvieron los números y mucho más difícil es saber qué significado debemos darles.

Lo cierto es que el Ministro de Salud ha desplazado al Ministro de Economía de su lugar de privilegio, junto al Presidente. Este hecho –insólito en nuestro país–, además se repite en todo el mundo. En cuestión de días, el mundo pasó a estar gobernado por las Ciencias de la Salud. En mi modo de ver, se trata de un hecho muy inquietante; por dos motivos. El primero es que Ciencia y Gobierno persiguen fines distintos; el de la Ciencia es indagar y el del gobierno es actuar. Percepción y movimiento, como señala Weizsaecker, se excluyen mutuamente. Para gobernar es necesario tener poder o, si no, acordar consensos. Basta pensar en Galileo o Pasteur para comprender que la «Verdad» que la Ciencia busca, no se somete ni al poder ni al consenso. La «Verdad» no tiene por qué coincidir con lo que resulta democrático; mucho menos, con lo que resulta demagógico.

El segundo motivo, ya lo hemos dicho; eso que llamamos «Ciencias de la Salud», no es más que un conjunto de personas; algunas grandes y otras pequeñas, movidas por intereses; algunos nobles y otros espurios. Para peor, en las circunstancias actuales, los intereses son demasiado grandes. Acordar con la importancia de usar barbijo hoy promete un posible acceso al poder (ya sea, entrar a la Quinta de Olivos o tener minutos en televisión). Disentir, en cambio, expone a una hostilidad proporcional a ese mismo deseo de poder. No podemos excluir la posibilidad de algunos disensos también estén movidos por ese mismo deseo de poder; por envidia, por rivalidad o por deseos de protagonismo.

Pero, así como no resulta fácil saber cuánto hay de «real» en esta amenaza, no hace falta ser psicoanalista para darse cuenta de que esta crisis está generada por afectos muy poderosos. El pánico es quizás el más evidente, pero no es el único ni el más importante. También hay una gran satisfacción de intereses espurios.

El sujeto «de a pie», frustrado, con una vacía y pobre, de pronto se ve catapultado a la categoría de héroe por el solo hecho de quedarse en casa sin hacer nada. Nunca antes se había sentido tan protagonista. De modo que cámara en mano, filmándose a sí mismo, nos explica lo que en realidad está sucediendo, lo importante que es hacer lo que él hace para «achatar la curva» y lo que seguro sucederá si no lo hacemos. Y lo hace, como dice Dolina, con una seguridad en sus afirmaciones que ya quisiera para sí el filósofo más pintado. Paradójicamente, al mismo tiempo que teme contagiarse el virus, desea convertirse, él mismo, en sujeto viral.

Los medios de comunicación están fascinados con los números récord de audiencia; números que, para sostenerse, requieren aumentar el pánico general siempre un poco más. Y si uno desea saber qué opina de esta crisis lo que alguna vez se llamó el Cuarto Poder se encuentra con que lo que ocupa el prime time de la televisión es un instructivo para fabricar un barbijo do it yourself, seguramente tomado del sujeto del ejempo anterior, ahora devenido youtuber. Por su parte el Gobierno cree haber encontrado la solución a todos sus problemas; la excusa perfecta. Todo lo malo que sucede, incluso lo que vaya a suceder, será culpa del Coronavirus. Ya no es necesario gobernar bien para salir de la difícil situación en que nos dejaron los gobiernos anteriores. De modo que la idea es seguir así. Debemos tener miedo mirando lo que pasó en Italia y España o lo que pasa en Nueva York. Debemos tener miedo de un pico que siempre está por venir.

Si mueren pocos, significa que estamos haciendo las cosas bien y que debemos seguir en casa sin hacer nada. Llamativamente el desenlace contrario conduce a la misma conclusión: si mueren muchos, debemos seguir en casa sin hacer nada. Porque no significa que los muertos se deban a la cuarentena, sino a que todavía hay imbéciles que no entienden la importancia de la cuarentena.

Y todo está revestido de un aura de obviedad, de sentido común. «La salud es lo primero»; «la salud es más importante que la economía»;«el PBI perdido se recupera, la vida perdida, no». ¿Quién se atrevería a dudarlo? Cuando algo se disfraza de obviedad, busca descalificar todo cuestionamiento tachándolo, a priori, de estupidez.

Pero ¿acaso la salud no es mejor en países donde la economía es mejor? En un país con un 35% de pobreza, una crisis económica seguramente tiene un índice de mortalidad muy superior al COVID-19. Esta semana más de 7 millones de familias recibieron el bono compensatorio de 10.000 pesos; si la salud es lo primero, ¿no habría sido mejor destinar esos más 70.000 millones a la salud? Si la respuesta es que esas familias no tienen para comer, entonces queda demostrado que la economía es importante para la salud. Nadie parece haber notado que para todo esos jubilados que, exponiéndose al contagio, hicieron la cola para cobrar su jubilación, para todos ellos, decía, la economía era más importante que la salud.

Si ahora nos preguntamos por qué «la salud es lo primero», una de las mejores respuestas que se me ocurre es decir que sin la salud no podemos llevar adelante nuestra vida; nuestros proyectos. Pues bien, entonces la posibilidad de llevar adelante nuestra vida y nuestros proyectos es lo primero y la salud es un medio para intentar alcanzar lo primero. Y cabe preguntarse ¿cómo podemos llevar adelante nuestra vida y nuestros proyectos si lo único que podemos hacer es quedarnos en casa? No dudo que algunos proyectos vitales puedan alcanzarse desde casa, pero seguramente no son la mayoría.

Para el psicoanálisis lo que mueve la vida es Eros, que nos impulsa a agotar las complicaciones viviéndolas. En otras palabras el deseo de resolver la dificultad que nos impide la satisfacción. Metapsicológicamente el deseo es descripto como la recarga de una huella mnémica de una experiencia de satisfacción. Un concepto muy emparentado al deseo es el de temor; el miedo es la recarga de una huella mnémica de una experiencia dolorosa. De modo que deseo y temor son opuestos porque son opuestos el placer y el displacer.

Pero no debemos olvidar que esto es así en la descripción de la economía metapsicológica. A menudo cometemos el grave error de creer que como placer y displacer son opuestos, podemos obtener placer con solo evitar el displacer. No es así. Que el deseo sea el norte de una vida, no significa que el temor sea el sur. Para saber a dónde ir de vacaciones, no basta con saber que no queremos ir a Mar del Plata. Una vida plena y satisfactoria consiste en hacer, no en evitar. Una vida movida por el miedo es, entonces, una vida sin rumbo.

Pero muchas veces este error es aún más grave. La experiencia dolorosa que queremos evitar, es dolorosa justamente porque es el fracaso en el intento de satisfacer un deseo. Es el testimonio de que en aquella ocasión pasada fuimos débiles e incapaces para lidiar con el ideal. De modo que cuando, guiados por el miedo de no poder, nos alejamos de aquello que nos frustra, negamos que esa frustración que queremos evitar es el testimonio de un deseo insatisfecho; de un ideal. Como en el cuento del Jardinero y la Muerte, huimos de la frustración para reencontrarla en el paso siguiente. Como dicen en las películas de Cowboys, si no estamos dispuestos a enfrentar la dificultad, nos pasaremos toda la vida huyendo. Acaso no haya mayor satisfacción posible que la de superar un antiguo temor que nos condenaba a vivir inhibidos y perseguidos.

Entonces, cuando tenemos miedo de salir de casa, ¿será cierto que tenemos miedo de contagiarnos el virus? ¿o será que tenemos miedo de encontrarnos con lo que en nuestra vida nos falta hacer? De ser así, ya nos hemos contagiado. Nos hemos contagiado el desánimo, el desaliento… Si nos dejamos llevar por esos afectos muy pronto estaremos condenados a la desolación. Si, al revés, no permitimos que el miedo nos empañe la mirada, podemos ver que esta crisis nos está mostrando lo que de verdad es importante. Necesitamos poder vivir, ya que sobrevivir no nos basta. La vida es navegar…

Estos días tan raros nos han regalado la oportunidad de comprobar que lo que pretendemos hacer como psicoanalistas, es algo realmente necesario y valioso. Y aunque algunos (pacientes y psicoanalistas) hayan encontrado en esta crisis la mejor de las excusas para sucumbir a las dificultades, a las resistencias, muchos otros (pacientes y analistas), al revés, se han reencontrado con la genuina necesidad de elaborar las complejas vivencias que la crisis exhibe, de manera personal y particular, en cada uno de nosotros. Más que nunca, para no sucumbir necesitamos poder pensar; y pensar bien. Y no podemos pensar bien cuando nos vemos dominados por afectos neuróticos; por el miedo y por las fantasías optativas.

Muchos dicen que esto no es tan grave; que esto pasará, que solo es cuestión de tiempo. Los contagios –explican– siguen una curva gaussiana: aparecen, aumentan, llegan al pico, disminuyen y luego desaparecen. Yo no estoy tan seguro. Las cosas no suceden así en mi campo de observación. Yo veo en esta crisis afectos poderosos; fantasías optativas a las que no es fácil renunciar; temores que dejan huellas profundas. ¿Volverá con gusto nuestro youtuber a su rutina de trabajo? ¿Cuándo nos sentiremos suficientemente seguros como para compartir un mate?

En mi experiencia, estos afectos son capaces por sí solos de recrear las condiciones que les son propicias. De modo que no será difícil encontrar un nuevo enemigo al cual culpar de todo lo malo que suceda en nuestra vida. Un nuevo enemigo al que temer; al cual poner otra vez primero y así poder postergar todo lo que es difícil. Las fantasías optativas, el facilismo, el infantilismo, la resistencia… en síntesis: la neurosis, hasta donde hemos visto, no se cura sola, ni tampoco deja inmunidad de por vida.

Dado que la vida es un plano inclinado, aquellos que no luchan por subir, inexorablemente ruedan hacia abajo. Podremos dudar y discrepar en cuál es la dirección correcta para subir, porque con tanta información es muy posible que el cerebro se obnubile. Pero así como el buzo que ha perdido las referencias espaciales en la ingravidad de las profundidades sabe que para salir tiene que seguir las burbujas, nuestro corazón sabe siempre hacia dónde hay que ir. Si sabemos escucharlo, él nos dirá cómo encontrar el camino que deseamos: subir siempre lleva el sello de lo difícl y bajar, el sello de lo fácil. Una vez identificado el camino a seguir, será cuestión de poner el hígado a trabajar para superar las dificultades que nos presenta la vida que queremos vivir.

Gustavo Chiozza
16 de abril 2020

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