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Libro de gráficos "Entre la nostalgia y el anhelo"

PRÓLOGO

La idea de “acercarle a mis nietos, y a otros como ellos, algunos de los ‘datos’ acerca de la vida que les hacen falta cuando necesitan pensar” me condujo a realizar en Power Point un libro: Mi cuerpo, los otros y yo. Estaba muy lejos de imaginar entonces que esa tarea llenaría tan agradablemente muchas de las horas que uno suele considerar “de esparcimiento”. Su resultado me llevó a repensar muchas cosas que daba por sabidas, además de conmoverme con la impresión que me produjo la combinatoria de palabras e imágenes. Se me ocurre ahora, salvando las distancias que me separan de un autor tan insigne, que algo parecido debe haber sentido Lewis Carroll, (seudónimo del matemático Charles Lutwidge Dogson), cuando las circunstancias de la vida lo llevaron a escribir, para tres niñas de las cuales era preceptor, su inmortal Alicia en el país de las maravillas, en el cual, volcó, en un cuento para niños, los problemas que más inquietaban en su época al pensamiento lógicomatemático. Lo cierto es que una vez finalizado Mi cuerpo, los otros y yo, sentí la necesidad de continuar internándome, por ese camino (en el cual las imágenes enriquecen las palabras con una resonancia afectiva “subliminal”) en cómo siente su vida el abuelo cuyo presente trascurre, como el de todas las vidas, entre nostalgias y anhelos.

La convicción de que la curiosidad que enriqueció nuestra infancia permanece viva frecuentemente silenciada y oculta debajo de los trajines y de los prejuicios que nuestra existencia cotidiana acumula, estuvo siempre presente en mi ánimo durante la construcción de la primera “serie”, destinada en principio a los niños.

De un modo semejante esta segunda, que nació desde los impostergables desafíos que nos plantea la “tercera edad”, surge unida a la convicción de que esos desafíos son los mismos que postergamos muchos años antes, cuando entretenidos en los diarios menesteres que suscitaban nuestros intereses inmediatos, vivíamos con la fuerte convicción de un extenso futuro en el cual todo cabía holgadamente. Así que, si la primera serie estuvo además dedicada al niño pensante que todavía llevamos adentro, esta segunda también va dedicada al ser humano que, en la etapa de la vida que trascurre entre la primera y la segunda adolescencia (que algunos llaman peyorativamente climaterio), divisa una y otra vez el horizonte de proyectos y recuerdos que dan sentido a su vida y que, frecuentemente apresado en el detalle de todo aquello que le parece urgente, prefiere refugiarse en la idea: “lo pensaré mañana”. De allí surge la dedicatoria, inspirada en Enrique Santos Discépolo: “para quienes no han dejado de buscar, llenos de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias”.

Borges nos relata de manera conmovedora un conocido cuento oriental en el cual un pobre hombre, asustado porque ha visto a la muerte, deseando huir de ella, marcha precisamente a su encuentro. Pero ¿Cuál es la muerte hacia la cual uno se encamina a través de la huída, sino la muerte en vida del fracaso que nos trasforma en ruinas?

Ya lo dijo el poeta: “Muertos no son los que, en presunta calma, la paz disfrutan de la tumba fría, muertos son los que llevan muerta el alma y viven todavía”. Ese cuento se revela entonces como un símbolo privilegiado de una tremenda equivocación, tan común en nuestros días, en los cuales la búsqueda desesperada y despiadada de los medios materiales que presuntamente nos acercan a la felicidad, conduce a que la vida pierda la plenitud de la forma que le da su “sentido” y se abandone la búsqueda que nos otorga un proyecto. Así, olvidando que, como dice Machado, “se hace camino al andar”, se ingresa en un vacío existencial que, añorando un pasado remoto, anhelando un futuro igualmente inalcanzable, y alimentando la ciega esperanza de una ayuda milagrosa, nos deja inmersos en las formas insalubres y ruines de la mezcla del amor con el odio.

Luis Chiozza
Agosto 2009