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Libro de gráficos “Lo que hace un psicoanalista cuando psicoanaliza a un paciente” Luis Chiozza

250PRÓLOGO

No hace mucho más que unos pocos cientos de años atrás los hábitos higiénicos eran otros. La gente no solía bañarse, y cuando en el filme Shakespeare in Love, de John Madden, vemos al autor de Hamlet con los dedos y las uñas sucias, nos queda claro, de pronto, que estamos frente a una buena descripción de esa época. Sí, efectivamente, ducharse no era un hábito, y no existía una conciencia de la mugre dentro de la cual se vivía, usando los perfumes para tapar los olores. Lo que entonces sucedía con el cuerpo, hoy continúa sucediendo con el alma, y no llegamos a darnos cuenta de la magnitud con que la humanidad, en nuestros días, vive inmersa en los sentimientos insalubres que conducen al predominio de las conductas equivocadas, dañinas e inmorales, que criticamos y sufrimos.

Preferimos pensar que todo lo que en alma nos produce sufrimiento depende muy poco de nuestros propios hábitos y es, por el contrario, un producto del stress al que nos somete el entorno. De qué puede servirnos emprender una psicoterapia individual, podemos preguntarnos entonces, frente a las inexorables consecuencias de un mundo que no cambia y frente al infortunio dentro del cual vivimos. Sin embargo sigue siendo cierto que cuando se trata de recorrer el “territorio” de la vida, nuestra suerte dependerá del “mapa” que llevamos en la mano, y está claro que cambiar ese mapa, la mayor parte del cual funciona de manera inconciente, es también cambiar nuestras posibilidades de recorrer el mundo. Los gráficos de la primera parte de este libro Lo que hace un psicoanalista cuando psicoanaliza a un paciente, procuran poner al alcance del lector cómo es “en verdad” el largo y dificultoso proceso que permite “cambiar ese mapa”, un proceso que tan frecuentemente es ofrecido en versiones espurias , simplificadas e inútiles.

Solemos pensar que hay acontecimientos que dependen de nuestra voluntad y otros que son independientes de ella, pero son muchas las veces en la vida en que quedamos atrapados, sin la posibilidad de distinguir entre lo que no queremos y lo que no podemos. Los gráficos de la segunda parte, Lo que nos hace la vida que hacemos, giran entorno de ese problema filosófico y jurídico tan penosamente célebre, que se inmiscuye también en la psicoterapia. Conmueve y sorprende darse cuenta con cuanta frecuencia (más allá del superficial alegato que nos lleva a manifestar que no podemos) nos asusta tanto la impotencia que preferimos asumir la culpa que conlleva sostener la creencia de que no queremos.

Si es cierto que, tal como lo plateamos hace ya algunos años (El valor afectivo, 2005) la cuestión radica más en el “poder o no poder” que en el “ser o no ser” que nos propone Shakespeare, se nos impone ver que vivimos atrapados en una jaula que muy pocas veces miramos. He oído decir que los gorriones mueren cuando se los encierra en una jaula, y no puedo menos que pensar, poéticamente, que si eso no le sucede a los canarios debe ser porque cantan. En otras palabras: no estoy proponiendo una solución racional al problema de la alternativa entre el determinismo y el libre albedrío, sólo me interesa señalar que hay mucho por hacer mientras tanto.

Los libros, como los instrumentos musicales, entregan su mejores combinaciones de sonido a quien “juega” con ellos el tiempo necesario para dominarlos. Entrego pues estos gráficos al lector con el mismo espíritu que me acompañó en la publicación de los anteriores, deseando que obtenga con ellos un placer semejante al que me deparó su construcción.

Luis Chiozza
Junio 2010

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