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Libro de gráficos “El Camino de los Sueños”

PRÓLOGO

La vida de los seres humanos suele dividirse esquemáticamente en tres etapas, la infancia, la adultez y la ancianidad. Entre la infancia y la adultez surge ese período de transición que denominamos adolescencia, caracterizada por una multitud de cambios dramáticos que se encuadran dentro de lo que constituye el significado más rico de la palabra crisis. Entre la adultez y la ancianidad vivimos una “segunda” adolescencia que marca nuestro ingreso en lo que suele llamarse la “tercera edad”.

Luego de haber diseñado la serie de gráficos Mi cuerpo, los otros y yo, destinados al “niño” que en nuestro interior continúa vivo, mi espíritu se encaminó naturalmente hacia una serie segunda, Entre la nostalgia y el anhelo, dirigida al “viejo” añoso que ya somos o que algún día seremos (si no se interrumpe prematuramente nuestra vida) y cuyas vicisitudes vitales ya existen, prefiguradas, en la carita encantadora y transparente del niño que enfrenta la claudicación de sus primeras inocencias.

Quedaba en el tintero esta tercera serie destinada a la etapa que trascurre entre las “dos” adolescencias y cuyo epicentro corresponde a lo que
se ha señalado tantas veces como la crisis de la edad media de la vida.

La primera serie fue dedicada a mis nietos y al niño que todavía llevamos adentro, y la segunda a quienes no han dejado de buscar, llenos de esperanzas, “el camino que los sueños prometieron a sus ansias”. Esta, titulada precisamente El camino de los sueños, va dedicada a quienes, en los tiempos difíciles, no se dejan seducir por los caminos fáciles.

Es en la vida adulta, con la influencia de nuestra infancia por detrás, y con las perspectivas de nuestra ancianidad por delante, cuando trascurre el
meollo de lo que solemos llamar la realización de nuestra vida. No cabe duda de que la vida que, con conciencia o sin ella, “nos hacemos” en ruinas o, por el contrario, alcanzando la plenitud de su forma, es la misma a la cual nos referimos cuando hablamos de lo que “nos hace” la vida.

Cada cosa ocurre en un tiempo que es suyo y que no puede ser sustituido, ni puede anticiparse o postergarse demasiado. Nuestros sueños, que atesoran nuestros más íntimos anhelos, trascurren entre dos trabajos que sólo pueden evitarse pagando el precio de la enfermedad. El trabajo de materializarlos enfrentando el fragor de la lucha con las dificultades de la realidad, y el trabajo de realizar el duelo por lo que deberá ser resignado.

Luis Chiozza
Setiembre de 2009

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