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Intimidad, sexo y dinero. ¿Alguien sabe quién soy?

El libro de Luis Chiozza se encuentra en librerías y está disponible en su versión digital.

PRÓLOGO

Los libros, como las personas, tienen una historia que explica, en parte, su manera de ser, aunque no siempre pueda decirse que los justifica. Antonio Porchia escribió en Voces: “Las cosas, unas conducen a otras. Son como caminos, y son como caminos que sólo conducen a otros caminos”. Así nació este libro, a continuación de otro (El interés en la vida) en el cual me ocupaba, fundamentalmente, de lo que su subtítulo expresa (que sólo se puede ser siendo con otros) y de la crisis actual, tanto en lo que atañe a los valores como en todas las formas de la convivencia.

Vivimos en una época que, desde un punto de vista, nos fascina con sus adelantos científicos y tecnológicos, algunos de los cuales no sólo nos deleitan sino que, además, nos permiten resolver cuestiones espinosas y difíciles entre aquellas que nos deparan dificultades, sufrimientos o enfermedades. Desde otro punto de vista, sin embargo, también es cierto que sufrimos hoy calamidades antiguas que en nada han mejorado, a las que se agregan otras nuevas que a veces conducen a temer por el destino de la raza humana. Duele ver que eso suceda pero, dado que me he dedicado al psicoanálisis, es muy poco lo que, de una manera solvente y seria, podría decir acerca de ideas filosóficas, sociológicas, económicas o políticas, que pudieran contribuir a mejorar la crisis general que nos aqueja. Un tema sobre el cual, además, se ha escrito tanto. Este libro, como continuación de El interés en la vida, no se justificaría, pues, si no fuera por otra circunstancia.

También duele ver la escasa participación que tiene el psicoanálisis (excepto con algunos, muy pocos, de sus conceptos esenciales) en los frecuentes intercambios entre distintas ramas del conocimiento que se influyen y se enriquecen recíprocamente en campos interdisciplinarios. Más allá de las razones que conducen a que así suceda, importa subrayar ahora que hay trastornos en las colectividades y en las instituciones, que el psicoanálisis puede ayudar a comprender a partir de lo que sucede en las personas. Profundizar en los temas abordados en El interés en la vida me ha llevado pues a escribir Intimidad, sexo y dinero, tres asuntos que se entretejen de manera muy estrecha en la convivencia humana, que se expresan con ocultamientos y reservas en las vidas pública, privada y secreta, y que conducen al conmovedor enigma de la identidad, al cual alude el subtítulo: ¿Alguien sabe quién soy? No cabe duda de que si la pregunta surge, es porque nace de la esperanza que nos sostiene cuando sufrimos sintiéndonos diferentes, incomprendidos y solos.

Detrás de cada ventana hay un mundo. El mundo particular de una persona o el mundo particular de una familia. Y en los mundos distintos de tantas ventanas, siempre habrá un lugar donde se esconden maneras de vivir que nunca imaginamos, caminos que tal vez jamás recorreremos, que pueden despertar fantasías, temores y anhelos ocultos que llevamos dormidos. Es un mundo íntimo, que cada uno lleva “debajo de la piel”, y cuyas “ventanas” son nuestros sentidos, nuestras actitudes, nuestros gestos y nuestras palabras. Se trata de un mundo que, más allá de los innumerables aspectos que suele adoptar, es el reino indiscutido de dos grandes señores –el sexo y el dinero– que, estrechamente relacionados entre sí, funcionan como los motivos poderosos que alimentan su movimiento.

La indagación psicoanalítica en los tres asuntos que se mencionan en el título –intimidad, sexo y dinero– nos ha llevado a la necesidad de nutrirnos en conceptos desarrollados en otras disciplinas, muchos de los cuales, dado que subvierten ideas que son clásicas, contribuyen, desde un nuevo ángulo, a enriquecer el psicoanálisis. Entre los bienes que pueden disfrutarse, hay algunos que, como el azúcar, pueden utilizarse a medida que se adquieren, aunque no se haya reunido la cantidad necesaria para satisfacer por completo la demanda. Pero hay otros, como, por ejemplo, una bicicleta, que si se adquieren por partes, sólo pueden funcionar cuando se los ha integrado. Aunque los conceptos que se desarrollan en este libro pueden ser comprendidos mientras se recorren sus páginas, hay una parte de su contenido que surge de su conjunto entero, y que sólo “funciona” cuando se ha completado. ¿En qué consiste pues ese “contenido” que, como el hilo rojo que recorre los cabos de la marina inglesa y los caracteriza, impregna el trasfondo de las páginas que conforman este libro?

La cuestión prosigue en el camino de lo que decíamos en El interés en la vida, donde citábamos a Maurice Maeterlinck, quien escribe que cuando una abeja sale de la colmena, “se sumerge un instante en el espacio lleno de flores, como el nadador en el océano lleno de perlas; pero, bajo pena de muerte, es menester que a intervalos regulares vuelva a respirar la multitud, lo mismo que el nadador sale a respirar el aire. Aislada, provista de víveres abundantes, y en la temperatura más favorable, expira al cabo de pocos días, no de hambre ni de frío, sino de soledad”. Llegamos entonces a percibir, a través de la metáfora de la abeja y su colmena, que no sólo se trata de que el cuerpo y el alma sean dos aspectos, inseparables, de una misma vida y que, más allá de las apariencias, cuando se enfermen, siempre se enfermen juntos. Se trata sobre todo de que los seres vivos “sólo pueden ser siendo con otros”, y que esa, su forma de ser conviviendo, constituye su espíritu. Un espíritu que, inseparable del cuerpo y del alma, también, cuando se enferman, se enferma con ellos.

El estudio de los fines que la sexualidad persigue nos ha llevado a comprender que la actividad genital destinada a la reproducción no alcanza para satisfacer los poderosos motivos sexuales que impregnan la vida de los seres humanos. La cuestión no se detiene en este punto, porque más allá de la búsqueda del placer que encontramos en el ejercicio de la sexualidad, existen otros desen laces que derivan de dos importantes recursos. Uno de ellos es la coartación de la satisfacción “directa”; el otro, la sublimación. El primero da lugar a los sentimientos de amistad, cariño y simpatía. El segundo substituye las metas originales encaminándolas hacia los logros culturales y las buenas obras que enriquecen el espíritu de una comunidad.

Sorprende ahora enfrentarse, de pronto, con que la mayor parte del caudal de los impulsos que surgen de la sexualidad, trascendiendo la finalidad de reproducir individuos de la especie humana, constituya el alimento de los sentimientos que, a despecho de las tendencias destructivas, conducen a la unión y a la colaboración.
Son los sentimientos y las actitudes que, junto con el anhelo, insospechadamente pertinaz, de realizar “obras buenas”, nos permiten convivir en una comunidad civilizada. Y no ha de ser casual que una consciencia nueva de la trascendencia de esos valores que la sexualidad motiva nos alcance en una época en donde nos acosan dos perniciosas enfermedades del espíritu: el materialismo y el individualismo.

¿Podremos desandar el camino equivocado que conduce a sobrevalorar –la mayoría de las veces, en secreto– el sexo desaprensivo y el dinero fácil, pensando que
constituyen las fuentes primordiales de la satisfacción? Frente a los cada vez más impresionantes panoramas que los estudios interdisciplinarios nos arrojan a la cara, nos damos cuenta de que la pregunta “¿hacia dónde vamos?” no es algo que se puede ver con claridad ni depende esencialmente de quienes asumen un gobierno o la cátedra de la más sofisticada de las disciplinas. Hoy vemos a la multitud como a una ola con una fuerza propia. Reparemos, pues, en que una cosa es surfear una ola, y otra muy distinta es creer que uno la está conduciendo hacia donde uno quiere. Pero también es cierto que no sólo hay olas y surfistas, también hay caballos y jinetes; y que si no fuera por Cristóbal Colón, el descubrimiento de América no hubiera sido lo mismo en tiempo y forma.

Finalizamos el libro incluyendo las reflexiones que nos suscita el filme Appaloosa, porque las vicisitudes de su trama nos muestran desequilibrios entre el poder, el
deber y el querer, que son frecuentes y que se traducen en conflictos de lo que nos pide el cuerpo con lo que llevamos en el alma, o con el espíritu que nos impregna. Sólo me resta agregar lo que ya escribí una vez, hace muchos años, al iniciar el libro ¿Por qué enfermamos?: “Cómo decir” ha sido siempre el principal problema de toda convivencia, y cada nuevo intento no es más, ni es menos, que una nueva esperanza…

Buenos Aires, diciembre de 2012

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